10 de abril de 2005

Estado insaciable

Un Estado insaciable
por Jorge Oviedo

Las más serias crisis económicas de la Argentina de los últimos 50 años han sido causadas por el colapso del financiamiento a un Estado insaciable.

Mientras dependió del financia-miento interno, el Estado se dedicó a estafar a los aportantes al sistema público de jubilación al quedarse con el superávit de las recién creadas cajas de jubilación, a cambio de bonos que no eran actualizados por la inflación.

Luego, recurrió a la emisión monetaria, es decir, al impuesto inflacionario y finalmente a la incautación de depósitos.

El colapso de este esquema de préstamos al Gobierno es la hiperinflación. Es decir, el repudio generalizado de la deuda del Estado en forma de billetes. Nadie quería en 1989 quedarse con una cantidad de australes (la moneda de entonces) superior a la necesaria para pagar los gastos inmediatos y menores como colectivo, café o cigarrillos. El resto era transformado a toda velocidad en artículos necesarios que se compraban antes de que aumentaran, o en dólares.

Carlos Menem, en sus dos presidencias, recurrió básicamente al endeudamiento externo porque se habían agotado todas las fuentes locales de financiamiento, aunque retornaron en su segunda presidencia y se ampliaron durante la de Fernando de la Rúa.

Pero como el Estado no fue reformado de verdad y el financiamiento externo se hizo cada vez más escaso, primero hubo que subir los impuestos y bajar levemente los gastos. Todo fue insuficiente y llegó el colapso.

La solución fue el default, la draconiana reducción de la deuda con quienes desde aquí y desde fuera habían financiado el insaciable apetito de ahorros de los demás que es tradición en el sector público.

Además, se licuó la deuda bancaria del sector público nacional y provincial, lo que hizo que para que los bancos no quebraran hubiera que expropiar los ahorros de los depositantes. Parte del beneficio de la licuación de pasivos se extendió también al sector privado.

A ello ha seguido un fenomenal incremento de la presión impositiva .

Si una devaluación debe servir para licuar el gasto público, la colosal depreciación operada en la Argentina no ha logrado eso. El gasto es más ineficiente, pero representa respecto del PBI lo mismo que antes de la crisis. Si se repitiera la historia, se estaría incubando el próximo estallido.

Por Jorge Oviedo
De la Redacción de LA NACION

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