Su columna Circo Criollo es una mezcla de ironía y dura realidad.
Esta es la columna de hoy:
Un cero en información.
No parece existir una relación razonable entre la nube de profesionales de los servicios informativos oficiales y los ingentes gastos en publicidad que realiza el Gobierno, con los resultados que alcanza, tanto en casa como afuera. Y si no que lo digan quienes se ganan la vida cartoneando, buscando en los tachos su sustento o llevándose las manijas de bronce de las puertas; los que a punta de pistola arriesgan su vida asaltando bancos y restaurantes, así como los que muelen a palos a una jubilada octogenaria por un botín de 50 pesos, un Winco y una colección de discos de Sandro; quienes se desayunan con ansiolíticos y se van a la cama con un cóctel de hipnóticos y sedantes porque no consiguen trabajo y, para colmo, su TV sólo los conecta con el Canal 7; quienes se jubilaron y que hoy, del día diez en adelante, viven a polenta, fideos y agua de la canilla.
Toda esta gente y muchos más se están perdiendo, por fallas de la información pública, las ventajas derivadas de estos cuatro años últimos creciendo a tasas chinas, de la caída alucinante de la desocupación y de la serenidad de estanque de los precios. Y ni qué hablar de los que persisten en vivir en covachas de lata y telgopor, tan difíciles de calentar en invierno y tan calurosas y húmedas en verano, cuando se asiste a un boom de la construcción y se puede conseguir un dúplex en Puerto Madero, con vista al río, a 3500 dólares el metro cuadrado o un dos ambientes interno en Barracas, con amplia vista al aire y luz del edificio, a sólo 1200.
Y lo mismo puede decirse de lo que hoy pasa fronteras afuera y que padecen en carne propia los turistas criollos. Lo que fuerza a muchos de ellos a ocultar su condición de argentinos preguntando, cuando se oye un tango: “¿Y eso, qué es?; ¿salsa?”.
Y lo bien que hacen, porque se sabe de numerosos casos de nativos que no tomaron esas precauciones y que, en cuanto fueron descubiertos, en lugar de recibir felicitaciones por lo bien que anda el país, debieron afrontar preguntas como éstas: “¿Es cierto que el canciller de ustedes dijo que los cortes de rutas formaban parte del derecho a la libre expresión?” O: “¿Es verdad que el Presidente tiene superpoderes, puede gastar en lo que se le antoje y que, si tiene ganas, va por la reelección y, si no, va su mujer?”.
A los que cabe sumar los que sacan la conclusión de que no concurrir a la asunción de Alan García, hacerle pasar sofocones a la Bachelet con las tarifas del gas o embarrarle la cancha a Tabaré Vázquez con el tema de las pasteras no parece haber respondido a razones de Estado sino de estudio.
Lo que no sería nada raro, ya que se dice que algunas de las reacciones poco razonables que parten de la Rosada se deberían, precisamente, al exceso de información que recibe sobre su gobierno.
Esto, además de hincharle la vena, le exacerba el colon irritable y lo pone de un humor horroroso.
“Mire maestro –dudó el reo de la cortada de San Ignacio–, yo no sé si nos conviene que le aconsejen a Lupin que mire menos los diarios y que los de afuera estén mejor informados. Porque hoy nos pueden cargar, pero si supieran más, ¿cómo haríamos para que no nos abrazaran llorando?”


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