22 de septiembre de 2006

The inquisition

The inquisition
What a show!
The inquisition
Here we go!
We know you're wishing
That we go awaaaaay!
But the inquisition's here
And it's here to staaaaay!

Mel Brooks, en History of the World (Part 1)




El Papa frente a la nueva inquisición

Se puede acusar al Papa alemán de muchas cosas, pero ni él ni sus antecesores fueron responsables de abrir una brecha entre el catolicismo y los musulmanes. Si hay un "choque de civilizaciones", quienes lo impulsan no son los cristianos.

En la ya célebre conferencia que pronunció en el aula magna de la Universidad de Ratisbona, el papa Benedicto XVI criticó con acerbidad, si bien de forma indirecta al citar palabras del atribulado emperador bizantino Manuel II Paleólogo, la doctrina musulmana de la guerra santa.

¿Cometió un error?

A juicio de los muchos que insisten en que nadie tiene derecho a decir nada que podría brindar a los islamistas pretextos adicionales para organizar disturbios violentos, el pontífice se las arregló para volver el reloj treinta años atrás y por lo tanto debería pedir perdón por lo que hizo.

Tal punto de vista se basa en la noción optimista de que en los treinta años últimos el mundo ha avanzado inexorablemente hacia una especie de fusión de las grandes religiones que presagiaría una época signada por la fraternidad y la comprensión mutua, pero sólo se trata de una fantasía, puesto que en el ámbito religioso el fenómeno más notable del lapso así indicado ha consistido en la divergencia creciente entre el islam y todos los demás credos.

Se puede acusar al Papa alemán de muchas cosas, pero ni él ni sus antecesores fueron responsables de abrir una brecha entre el catolicismo y los musulmanes.

Si hay un "choque de civilizaciones", quienes lo están impulsando en esta ocasión no son los cristianos.

La reacción ante las palabras del Papa de los islamistas y de los presidentes, primeros ministros, legisladores y otros que en el mundo musulmán se sentían constreñidos a llamar la atención a sus propias credenciales religiosas no sorprendió a nadie.

Tampoco resultó sorprendente la voluntad de tantos occidentales de sumar sus voces al coro que lo denunciaba.

Parecería que cuando es cuestión del islam, la mayoría de los líderes políticos y religiosos de Europa y las Américas, para no hablar de los intelectuales tanto progresistas como conservadores, está en favor de la autocensura, es decir, que en su opinión ha llegado la hora de declarar obsoleto el principio de que es legítimo debatir absolutamente todo con franqueza porque tomarlo en serio podría tener consecuencias desagradables.

Por fortuna, en el pasado no todos los pensadores se dejaban amilanar por las amenazas.

Aunque sólo se trataba de una minoría selecta, algunos estuvieron dispuestos a desafiar a las iglesias, a las monarquías y a otros defensores de antiguo régimen, socavándolo hasta abrir un hueco que andando el tiempo sería lo bastante amplio como para posibilitar la construcción del orden liberal que, a pesar de la resistencia feroz de los comprometidos con órdenes premodernos, está en vías de universalizarse.

Los peligros que enfrentaban eran tan grandes como los planteados por los islamistas, pero creían que lo que trataban de hacer era tan importante que no se permitieron amedrentar.

Si bien el Papa no tardó en afirmarse apenado por las reacciones beligerantes que fueron desatadas por su disertación, es poco probable que se haya sentido contrito por haber dado a entender que el islam es una religión cuyos fieles más fervorosos propenden a predicar la violencia.

¿Cómo podría arrepentirse por decir algo que es tan evidente?

Tampoco pueden haberlo sorprendido las protestas amenazadoras de quienes se encargarían de probar que tenía razón al quemarlo simbólicamente, reclamar su muerte, asesinar por la espalda a una monja anciana y anunciar que habría más "días de odio" por venir.

El papa Benedicto XVI es un hombre astuto que sabe tan bien, como el que más, que cualquier palabra o caricatura que podría considerarse ofensiva al islam sería capaz de provocar la histeria de una multitud de clérigos y políticos musulmanes, además de las turbas que suelen formarse para manifestar el odio sin límites que sienten hacia todo cuanto les es ajeno.

También es consciente del peligro supuesto por el islamismo militante pero, a diferencia de las elites políticas e intelectuales europeas, está dispuesto a enfrentarlo, de ahí lo que fue en efecto un reto a los musulmanes a mostrar que la suya realmente es una "religión de paz" que puede convivir con las demás.

El motivo por el que tantos dirigentes y pensadores europeos son reacios a ofender a los musulmanes tiene menos que ver con el respeto por cultos religiosos diferentes que con el miedo.

No corren riesgo alguno los que se enorgullecen del coraje que manifiestan cuando atacan a una de las distintas variantes del cristianismo, pero a los que se atreven a hablar pestes del islam podría aguardarles una muerte dolorosa, razón por la que ateos combativos que se mofan de los símbolos y prácticas de otros cultos no soñarían con incluir el islam en su lista de blancos.

Como resultado, en el mundo occidental, se ha creado una situación no muy distinta de la que se dio aquí durante los peores años del Proceso, cuando muy pocos intelectuales se animaban a criticar al régimen militar por pisotear de forma sistemática los derechos humanos y los que sí lo hacían merecían la desaprobación de sus congéneres por violar el código de conducta imperante.

Al criticar la tradición yihadista, Benedicto XVI se apartó de la versión occidental contemporánea de dicho código, de ahí la reacción indignada de quienes se niegan a llamar a las cosas por su nombre con la presunta esperanza de que su silencio los salve de la ira de los extremistas.

Es de suponer que el Papa está convencido de la superioridad de su propio culto religioso y que cree tener el pleno derecho a decirlo en público, pero sucede que hoy en día tanta confianza por parte de un occidental en la veracidad del credo propio suele juzgarse inaceptable.

Para ser aprobado por los voceros de las elites políticas e intelectuales europeas, Benedicto XVI tendría que asumir una actitud más ecuménica, como si para él hubiera un sinnúmero de "verdades" igualmente dignas de respeto.

Puesto que ya antes de convertirse en Papa Joseph Ratzinger dejó saber que no se proponía entregarse al relativismo blando de los que en el fondo no creen en nada, era de prever que tarde o temprano protagonizaría polémicas con quienes no comparten sus ideas, en especial con aquellos musulmanes que, como él, se proclaman dueños exclusivos de la única verdad.

Aunque es una cuestión del enfrentamiento entre absolutos, los medios que sus respectivos defensores están dispuestos a emplear son muy diferentes.

En la actualidad, ni los católicos ni los demás cristianos piensan en propagar su fe por la espada o por su equivalente moderno, la bomba terrorista, pero una cantidad muy significante de los miembros de la comunidad musulmana mundial simpatiza con quienes se niegan a abandonar los truculentos métodos proselitistas tradicionales.

Desde el punto de vista de éstos, el que luego de haber manifestado su desaprobación de la yihad el Papa se haya "excusado" condenando "toda forma de violencia" fue una estocada más, una manera cortés de distinguirse de quienes lo cubrían de amenazas.

Para que se celebrara un auténtico "diálogo de religiones", sería necesario que todos los participantes no sólo se comprometieran de manera personal con la no violencia, sino que también lo hicieran los creyentes.

Por desgracia, es virtualmente nula la posibilidad de que esto ocurra en los años próximos.

Ya porque temen a sus propios correligionarios, ya porque ellos mismos creen que les conviene que sus interlocutores se sientan intimidados, escasean los dirigentes de países musulmanes que osarían emular a aquel rabino dinamarqués que, al abrirse una exposición de caricaturas antisemitas alusivas al Holocausto como la que tuvo lugar en Teherán, dijo que no protestaría porque, al fin y al cabo, había visto otras decididamente peores.

Puesto que la convivencia depende de la voluntad de todos de soportar con ecuanimidad la crítica, limitándose a responder de modo no violento, no habrá ningún "diálogo" interreligioso mientras turbas de creyentes fanatizados sigan desempeñando un papel de censor planetario que es comparable con el cumplido en tiempos pasados por la Santa Inquisición.

JAMES NEILSON



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