15 de septiembre de 2006

Miedo a la muerte

Oriana Fallaci: frente al espejo | LANACION.com (requiere registración gratuita)
–¿Tiene miedo a la muerte?

–No es una pregunta brutal, no es una pregunta difícil. Yo se lo pregunté tantas veces a los demás. Por ejemplo a Hailé Selassié, el emperador de Etiopía, cuando lo entrevisté en su palacio de Addis Abeba. Pobre Hailé Selassié. Era viejísimo ya y se enfadó como una fiera. "Quelle mort, qué muerte, quelle mort?", gritaba. Al oírlo chillar sus perritos, tres chihuahuas que tenía sobre las rodillas, me saltaron encima y al fotógrafo incluso le mordieron una pantorrilla. Después chillando "Partez-fuera-partez", Su Majestad nos echó. Hizo que sus guardias nos arrojasen al parque contiguo a la sala del trono, y Jesús. Había un león, en el parque. El león más grande que haya visto jamás. Y rugía. Bueno, al día siguiente descubrimos que era un león amaestrado. Que pasaba el día comiendo filetes, que nunca comía a la gente. Pero en aquel momento no lo sabíamos y temblábamos como hojas al viento. "¿Qué hacemos ahora, adónde vamos?", balbuceaba el fotógrafo. "Acércate a él, intenta hacerle una caricia en el morro", respondía yo con una voz destrozada. "Vete tú, házsela tú la caricia en el morro", replicaba él, enfurecido. Y en un momento determinado me empujó hacia adelante para que se la hiciese de verdad. Entonces el león dejó de rugir, se acostó, bostezó con aspecto de mascullar sois-dos-cretinos, y poco a poco llegamos a la verja de salida. Nos fuimos pensando que para tratarnos así Su Majestad debía tener un gran miedo a la muerte. Yo no. No se lo tengo. La conozco demasiado bien. La conozco desde niña, cuando corría bajo las bombas de la Segunda Guerra Mundial y saltaba por encima de los cuerpos de la gente que no había corrido lo suficiente. La conozco porque la he frecuentado, ay de mí. En demasiados sitios y de demasiadas formas. En México, por ejemplo, cuando me ocurrió lo que ya sabe. En Vietnam, en Camboya, en Bangladesh, en Jordania, en el Líbano, cuando era corresponsal de guerra y siempre me metía en algún combate o en otras situaciones terribles. En mi corazón, cuando mataron a Alekos Panugulis y cuando el cáncer se llevó a mi madre y a mi padre y a mi hermana Neèra y al tío Bruno. Y por fin ahora, gracias a la enfermedad y a los que no les basta haberme criminalizado e incluso demonizado. Quiero decir: a fuerza de frecuentarla, de sentirla a mi alrededor y sobre mí, trabé con ella una extraña familiaridad. Y la idea de morir no me da miedo.

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