Day by dayNo te olvides de pasar por BlogBis
La libertad de expresión pertenece a quienes tienen un blog.
Fight the power: Fed up with paying taxes, obeying laws and being told to tidy your socks away? There's a simple answer: Start your own country. More specifically, start your own micronation: A tiny principality ruled by you that consists of an island, perhaps a few acres of farmland or -- providing mom's cool with it -- your bedroom.
Find a territory: The first rule of starting your own country is don't upset anyone. A quick scan of the history books shows that large scale declarations of independence tend to involve at best a few harsh words, and at worst a few harsh words followed by a punch-up. If you can establish a sovereign nation without anyone noticing for a few years, you're off to a good start. The terrain is unimportant. Ernest Hemingway helped his brother establish the nation of New Atlantis on a barge moored off Jamaica until it was ravaged by storms and pirates. Similarly, Britain's Michael Bates set up the principality of Sealand on a rusting fortress off the southeast coast of England. Less ambitious projects such as Robert Madison's Kingdom of Talossa began in the humble surroundings of a Milwaukee bedroom, while others, sensibly -- if sensible is a term that applies here -- go no further than the bounds of cyberspace.
Get recognition: Once you're confident no one's going to invade, it's time to seek recognition. It might help if you've got your own flag, currency and a national anthem, but be warned, micronations occupy a gray area when it comes to establishing international legitimacy. Don't be surprised if Washington and London -- and Pyongyang for that matter -- refuse to establish diplomatic relations, and don't expect a seat or even a space in the cycle sheds at the United Nations.
Get an economy: It's all very well abolishing taxes, but unless your country is wholly self-sufficient (just how long can you survive if mom imposes a snack embargo?) you're going to need an income. Smaller nations have made cash in the past by registering ships under flags of convenience, but micronations would probably struggle to persuade captains of even the leakiest tubs to sail under their colors. Sealand's bold venture was to set itself up as a data haven -- an offshore Internet hub beyond the reach of copyright and censorship. Though this is a potential money-spinner, given the nature of Web sites you can expect to be hosting, you better make sure mom knows to knock before entering.
Watch out for traitors: Some micronations have unexpectedly attracted thousands of citizens. Aussie artist Liz Sterling's online kingdom of Lizbekistan proved so popular that when she disbanded it in 1999, several other Web sites sprang up to accommodate the stateless Lizbek Diaspora. While such support is heartening, one should always be on the lookout for quislings. In a plot worthy of Shakespeare, Leonard George Casley, another Australian who established the surprisingly successful Hutt River Province Principality, had to fend off an alleged power grab by a businessman bent on moving his nation to a Pacific island. All of which goes to show there must be more at stake in some micronations than a tidy sock drawer.
What if I fail?: If at first you don't secede, try, try again.
Economía, Filosofía y Política
Fragmento de una entrevista de Emrah Akkurt, Turkey-Association for Liberal Thinking a Hans-Hermann Hoppe.
Akkurt: ¿Qué piensas del rol del estado en la sociedad? ¿Es una necesidad práctica, o un mal necesario? ¿Cómo describirías la transición de un modelo estatista, como Turquía, a una clásica sociedad liberal?
Hoppe: Primero tenemos que definir rápidamente qué entendemos por estado. Yo adopto lo que uno puede llamar la definición estándar: un estado es una agencia que ejerce un monopolio territorial de última jurisdicción (para todo tipo de conflictos, incluídos los conflictos que involucran al estado) y, por deducción, de recaudación de impuestos.
Ahora: sabemos por Microeconomía que los "monopolios" son "malos" desde el punto de vista de los consumidores. Un monopolio es desde el punto de vista clásico un privilegio exclusivo otorgado a un único proveedor de una mercadería o servicio, es decir ausencia de "libre entrada". Sólo A puede producir x. Cualquier monopolio de este tipo es malo para los consumidores porque al estar protegido de potenciales nuevos competidores en su área de producción, el precio de x será mayor y la calidad menor que si hubiera competencia.
¿Por qué deberíamos razonar de manera diferente cuando se trata del monopolio estatal como último juez y encargado de hacer imponer la ley? Como el estado es un monopolio clásico, debemos esperar que el precio de la justicia será más alto y la calidad más baja que si hubiera competencia. Peor aún, como el estado es el juez aún en los casos en los que él mismo está involucrado, debemos esperar que el mismo estado cause conflictos para poder "resolverlos" en su propio beneficio. No existe justicia -un bien- sino injusticia -un mal. Entonces, para responder a tu pregunta: No, considero que el estado es un mal innecesario. En un orden natural, con una multitud de de agencias de seguros y arbitraje competidoras, el precio de la justicia bajaría y su calidad subiría.
Con respecto a metas de transición hacia la libertad para países como Turquía, la respuesta es esencialmente la misma para Turquía que para Alemania, Francia, Italia o cualquier otro país grande. Democracia o democratización no es la respuesta -como tampoco lo fue para los países del ex bloque soviético. Tampoco la centralización -lo que está pasando en la Unión Europea- es una solución.
Por el contrario, la mayor esperanza de libertad proviene de los países pequeños: desde Mónaco, Andorra, Liechtenstein, aún Suiza, Hong Kong, Singapur, Bermuda, etc.; y como liberal, uno debería apuntar a un mundo con decenas de miles de pequeños entes independientes. ¿Por qué no una ciudad libre de Estambul o Izmir, que mantengan relaciones amistosas con el gobierno central turco, pero que no le pague impuestos ni reciba fondos del mismo, y que no reconozca la ley del gobierno central sino que tenga su propia ley de Estambul o de Izmir?
Los que hacen apología del estado central (y de superestados como la Unión Europea) afirman que una proliferación de unidades políticas independientes llevaría a la desintegración económica y al empobrecimiento. Sin embargo, la evidencia empírica habla claramente contra esta afirmación: los países chicos mencionados son todos más ricos que los que los rodean. Más aún, la reflexión teórica demuestra que esta afirmación es solamente otro mito estatista.
Los gobiernos pequeños tienen muchos competidores cercanos. Si gravan con impuestos y regulan a sus súbditos visiblemente más que sus competidores, se exponen a sufrir emigración de trabajo y capital. Más aún, cuanto más pequeño es el país, mayor será la presión para optar por libre comercio en lugar de proteccionismo. Cada interferencia del gobierno en el comercio internacional provocará un empobrecimiento relativo. Pero cuanto más chico sea el territorio y sus mercados internos, más dramáticos serán los efectos. Si los EEUU adoptaran el proteccionismo, el estándar de vida promedio caería, pero nadie se moriría de hambre. Si una sola ciudad, digamos Mónaco, hiciera lo mismo, habría casi inmediatamente una hambruna. Consideremos un solo hogar como la menor unidad secesionista concebible. Al adoptar el libre comercio irrestricto, hasta el más mínimo territorio puede integrarse completamente al mercado mundial y participar de todas las ventajas de la división del trabajo. Sus propietarios pueden convertirse en las personas más prósperas de la tierra. Por otro lado, si el mismo hogar decidiera renunciar a todo comercio inter-territorial, el resultado sería la mayor pobreza o incluso la muerte. De este modo, cuanto más chico sea el territorio y su mercado interno, más probable será que éste opte por el libre comercio.
En resumen, el mundo sería una suma de pequeños estados liberales integrados económicamente a través del libre comercio. Sería un mundo de prosperidad, crecimiento económico y avance cultural.
Si prefieres el bienestar a la libertad, la tranquilidad de la servidumbre al animado desafío de ser libre, vete en paz a tu casa. No te pedimos tu consejo ni tu apoyo. Inclínate y lame la mano que te alimenta. Que tus cadenas sean livianas, y que la posteridad olvide que fuiste nuestro compatriota.
Samuel Adams.