por James Neilson
Parecería que antes no se les ocurrió que de haber sido José Mansilla un magnicida profesional, no hubiera errado el blanco por aproximadamente 2.500 kilómetros.
¿Por qué insistió tanto el gobierno en que el propósito del camionero improvisado fue atentar contra la vida del presidente de la República? La respuesta más probable es que lo hizo por suponer que les sería provechoso que la gente creyera que los adversarios del gobierno son tan malignos que van a cualquier extremo para frenar "el cambio" que dicen estar impulsando.
Toda vez que Kirchner habla de pingüinos, subraya la distancia que supuestamente lo separa de sus congéneres y que, insinúa, lo hace muy diferente de ellos. La única parte del país en que este truco propagandístico no funciona es, claro está, Santa Cruz.
Así las cosas, la noción de que los disgustados por "el cambio" y por su "búsqueda de la justicia" hayan procurado asesinarlo le vino de perlas. Si fuera verdad, su gestión adquiriría un toque de heroísmo adicional que, imagina, lo alejaría todavía más de los políticos del montón.
También son riesgosos los esporádicos pedidos que el presidente dirige a sus partidarios para que lo ayuden a derrotar a los contrarios al "cambio". Por lo menos algunos militantes podrían tomar al pie de la letra sus exhortaciones y, persuadidos de que la lucha está entrando en una fase más activa, optar por llevar la batalla al campo enemigo.
En tal caso, el cariño evidente que sienten el presidente y ciertos colaboradores suyos por los años setenta resultaría ser mucho más siniestro de lo que quisiera suponer la mayoría abrumadora de los habitantes del país.


1 comentario:
Si los montoneros pasaran a la clandestinidad, lo asesinarían sin asco.
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