18 de julio de 2008
La agonía del kirchnerismo
De tomarse en serio la retórica empleada a partir de mediados de marzo por el ex presidente Néstor Kirchner y su esposa, la oligarquía rural militarista, enemiga acérrima de los derechos humanos y por lo tanto de la democracia, acaba de anotarse una victoria demoledora al derrotar a los comprometidos con la justicia social merced a la traición del vicepresidente Julio César Cobos.
Parecería que a su entender nada ha cambiado desde la década de los setenta cuando muy pocos sentían respeto por las reglas democráticas.
Antes bien, en aquel entonces tanto los militares como muchas personas que treinta años más tarde integrarían al gobierno nacional estaban persuadidos de que Mao Tse-tung estaba en lo cierto cuando decía que el poder nace del fusil.
Aunque la interpretación "épica" del conflicto entre el gobierno y el campo favorecida por los Kirchner es una caricatura burda de lo que está ocurriendo, si realmente creen que refleja la realidad sería de prever que continuaran cometiendo errores grotescos con el resultado de que los dos podrían verse obligados a regresar a Santa Cruz antes de diciembre del 2011.
Mal que les pese a sus adherentes más conspicuos, individuos como Luis D'Elía, a pocos les atrae la idea de que haya que defender con métodos truculentos el "gobierno popular".
¿Serán capaces los Kirchner de asumir su debilidad relativa y -apoyándose en las instituciones y en el temor generalizado a que la crisis política de desenlace incierto que se ha desatado presagie conflictos violentos- de gobernar el país con sobriedad con la esperanza de que andando el tiempo consigan recuperar una parte de la autoridad perdida?
Por desgracia, no es del todo probable que el ex presidente y su sucesora se adapten con facilidad a la nueva situación que se ha creado.
Puesto que para ellos la política siempre ha sido un juego de todo o nada, sentirán lo que sucedió en el Senado la madrugada de ayer como un golpe devastador que podría resultarles fatal.
A diferencia de sus homólogos de países de tradiciones democráticas más firmes, se resisten a entender que para gobernar con éxito una sociedad tan complicada como la argentina siempre es necesario estar dispuestos a negociar medidas importantes antes de presentarlas al Parlamento y que a menudo los legisladores las modificarán.
Creen que por haber ganado elecciones presidenciales hace casi nueve meses tienen derecho a obligar a los demás a obedecerlos, ratificando sus proyectos de ley sin cambiar una coma, y que sólo a subversivos de derecha se les ocurriría oponérseles.
Y así les fue.
Habituados a encabezar el ranking de preferencias en las encuestas de opinión, los Kirchner se imaginaban inmunes a las vicisitudes políticas que afectan a todos los presidentes y primeros ministros del mundo, incluyendo a los que por un año o más disfrutan de índices de popularidad altísimos.
Cuando poco después de las elecciones más recientes comenzaron a proliferar señales de que el humor público cambiaba y que si Cristina quería conservar su buena imagen inicial tendría que abandonar el urticante estilo K, optaron por no darse por aludidos.
Mientras el resto del mundillo político se agitaba, ellos permanecieron imperturbables, confiados en que el capital acumulado por Néstor sería más que suficiente como para permitirles humillar a cualquier adversario.
Hasta ayer nomás pareció que acertaban, que, forzada a elegir entre la lealtad hacia el "proyecto" kirchnerista y el campo, la mayoría de los legisladores los respaldaría.
Acaso sabían que de no haber sido por las presiones amenazadoras, el reparto alocado de promesas de obras públicas y sinecuras, además de otras formas de convencer a legisladores de que les convendría apoyar una iniciativa presidencial, el oficialismo hubiera perdido por un margen muy amplio en la Cámara de Diputados y no habría tenido posibilidad alguna de ganar en el Senado, ya que hubiera sido evidente que el grueso de la ciudadanía estaba en contra de las retenciones móviles altísimas que decretó el fugaz ministro de Economía Martín Lousteau.
Pero así y todo al acercarse la hora de la verdad aún tenían motivos para suponer que una vez más ganarían la apuesta.
En efecto, el que en medio de un clima hostil el gobierno casi haya logrado sumar los votos parlamentarios precisos para salirse con la suya podría considerarse una proeza política pero, puesto que desde el punto de vista de los Kirchner lo único que cuenta es el resultado final, el haber conseguido que 36 senadores, entre ellos personajes como "Ramoncito" Saadi, apoyaran el proyecto de ley oficialista, desairando así a quienes los habían votado, no sirvió para paliar el dolor que con toda seguridad sienten.
Quien más perdió en la batalla parlamentaria que culminó ayer fue el ex presidente Kirchner, el auténtico mariscal de la derrota oficialista, ya que desde el vamos se encargó de liderar las embestidas furibundas del gobierno contra las huestes ruralistas y sus simpatizantes urbanos.
Puede que Cristina haya aprobado la convicción de su marido de que cualquier revés político marcaría el comienzo del fin de su gestión y por lo tanto del "proyecto" conyugal, y no hay duda de que los discursos petulantes contrarios al campo que la presidenta pronunció contribuyeron al colapso de su propia popularidad, pero el protagonismo de Néstor fue tan llamativo que opacó su aporte al desastre.
Si no fuera por el vínculo matrimonial, pues, Cristina podría limitar sus pérdidas endilgándolas a Néstor como suelen hacer los políticos -entre ellos su marido-, que con conscientes de que siempre es de su interés adjudicarse los triunfos y alejarse de los fracasos.
Es lo que haría cualquier jefe de Estado "normal" frente a una situación como la enfrentada hoy por Cristina pero, es innecesario decirlo, el arreglo ideado por el matrimonio dista de ser normal en el mundo democrático.
¿Se animará la presidenta a echar de su entorno al responsable principal de los problemas que podrían truncar su período en el poder?
Si no lo hace, o si Néstor Kirchner sigue negándose a entender que ya ha perjudicado demasiado a su mujer y que por lo tanto convendría a todos que se quedara en una zona aislada de Santa Cruz o, mejor aún, que aceptara ser embajador argentino en un país poco importante, la crisis desatada por la decisión insensata de tratar al campo como un enemigo mortal no podrá sino agravarse en las semanas próximas.
JAMES NEILSON
27 de junio de 2008
Castillo de naipes
James Neilson
(Río Negro)
Néstor Kirchner y su esposa Cristina están acostumbrados a ser obedecidos por la servidumbre.
Luego de doce años en los que manejaron Santa Cruz como si formara parte de su patrimonio familiar y cinco en que han gobernado la Argentina de la misma manera, sin sentirse obligados a modificar del todo el "estilo" hermético y prepotente que aprendieron en la provincia que aún dominan, no les es nada fácil entender lo que les convendría hacer en una situación como la actual.
Por primera vez, los Kirchner se encuentran frente a una coalición creciente -ya incluye a buena parte de la población del país - que no tiene intención alguna de dejarse intimidar por la irascibilidad que suelen emplear como un arma para silenciar a los díscolos.
No sólo se trata de "los oligarcas" del campo, de sus imprevistos aliados urbanos y de los opositores locuaces de siempre, sino también de muchos dirigentes peronistas que, alarmados por lo que está sucediendo, son reacios a ser carne de cañón en una batalla que creen perdida de antemano.
El cordobés José Manuel de la Sota y otros no disimulan su convicción de que los Kirchner los están llevando hacia un desastre y, como es lógico, no quieren quedar sepultados bajo los escombros.
La decisión de pedirle al Congreso dar un sello de aprobación democrático a las retenciones móviles fue acaso un acierto táctico por parte de Cristina, ya que sirvió para que el país se tranquilizara por un rato después de varias semanas de tensión en aumento, pero a menos que el bloque oficialista termine encolumnándose tras ella habrá sido un error estratégico.
Brindó a aquellos peronistas que sospechan que la gestión de la presidenta será un fracaso estrepitoso equiparable con los protagonizados por Isabel Perón o Fernando de la Rúa un pretexto inmejorable para romper con el Poder Ejecutivo.
Algunos ya han dicho que no ratificarán a libro cerrado el proyecto de ley sobre retenciones móviles por miedo a la eventual reacción enfurecida del electorado de los distritos que representan.
Otros se afirman contrarios a la iniciativa por motivos económicos o doctrinarios.
Y los hay que hablan de la necesidad de que el Congreso desempeñe un papel menos pasivo en la vida nacional.
Los nuevos disidentes aún constituyen una minoría en el bloque oficialista, pero pronto podrían conformar una mayoría.
Podrían porque los peronistas nunca se han destacado por su independencia de criterio: de difundirse la sensación de que el movimiento en su conjunto ha optado por alejarse de un caudillo cuyo ocaso le parece inminente, pocos pensarán en sacrificar su propio futuro en aras de su hipotética lealtad hacia una pareja cuyo momento de gloria ya pertenece al pasado.
Están habituados a abandonar a su suerte a caudillos en cuanto pierden la capacidad para garantizarles votos en cantidades suficientes.
Diez años atrás, Carlos Menem era tan popular y tan "hegemónico" como fueron los Kirchner hasta marzo, mientras que Eduardo Duhalde, dueño del presuntamente temible aparato bonaerense, vio evaporarse su poder cuando se hizo evidente que el electorado lo repudiaría.
Los Kirchner podrían ser las próximas víctimas de la "ingratitud" de sus partidarios coyunturales.
Todos los intentos recientes de los Kirchner por hacer sentir su autoridad han resultado contraproducentes.
Las soflamas ya rutinarias de Cristina y sus intentos de descalificar a los agricultores, acusándolos de ser mezquinos, antipatrióticos, golpistas y muchas cosas más, sólo provocan fastidio: muchos de los trasladados en micros fletados a Plaza de Mayo hace poco más de una semana la abandonaron en cuanto la presidenta comenzó su arenga.
En cuanto a los esfuerzos por impedir que otros ganen la calle, enviando pelotones de piqueteros y mercenarios rufianescos a lugares brevemente ocupados por amas de casa pertrechadas de cacerolas y transformando la Plaza de Congreso en un camping improvisado para que no la tomen los ruralistas, la impresión que dan difícilmente podría ser más patética.
Huelga decir que tales actividades no han servido para que los peronistas cierren filas en torno de la presidenta: saben tan bien como el que más que un gobierno que para sobrevivir depende de los aportes de personajes como Luis D'Elía, Guillermo Moreno y Hebe de Bonafini podría tener los días contados.
Desde hace muchos años, la Argentina ha visto alternar períodos signados por una sobredosis de poder presidencial y otros caracterizados por la debilidad presidencial en la que todo parece caerse a pedazos.
La implosión del kirchnerismo, pues, plantea a la clase política nacional un desafío que tal vez no esté en condiciones de superar.
Como sucedió antes del desplome del gobierno del presidente De la Rúa, está conformándose una liga de gobernadores, aún embrionaria, estimulada por la conciencia de que el conflicto entre los Kirchner y el campo supone un enfrentamiento entre el interior despojado y un centro voraz.
Pero por descollantes que fueran sus miembros, una liga de gobernadores no estaría en condiciones de administrar el país.
Para eso hace falta un gobierno central fuerte, con la autoridad precisa para tomar decisiones a veces antipáticas, razón por la que el santafesino Hermes Binner cree que la solución al embrollo en que el país se mete toda vez que un mandatario tiene en principio mucho poder, pero no cuenta con el respeto del grueso de la ciudadanía, consistiría en trasladar responsabilidades actualmente monopolizadas por el Poder Ejecutivo al Legislativo.
En principio, la propuesta es buena.
Un sistema en que el destino del país depende durante exactamente cuatro años de los prejuicios, los caprichos, el temperamento y la imagen de una sola persona es obviamente inferior a uno en el que las responsabilidades suelen repartirse entre varias personas que en caso de emergencia pueden dar un paso al costado sin que su relevo desate una crisis institucional tremenda.
El problema es que el cambio sistémico que Binner y otros tienen en mente no podría producirse sin desalojar antes a una presidenta que con toda seguridad se negaría a dejarse privar de sus poderes especiales.
Y aun cuando para asombro de muchos los Kirchner aceptaran colaborar con una reforma constitucional muy complicada en tal sentido, tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que la ciudadanía se habituara a ser gobernada por un régimen parlamentario que, sería de prever, se asemejara mucho más al italiano que al británico o sueco.
6 de junio de 2008
Kirchner se atrinchera en el pasado
Murió hace tiempo el sueño de crear un nuevo partido progre que reemplazaría el viejo peronismo cuyas deficiencias le parecían patentes.
Consciente de su propia incapacidad y de la de su mujer para seducir a la clase media urbana, Kirchner sabe que depende del Pejota, que tanto despreciaba cuando se imaginó destinado a liderar una versión propia de aquel "tercer movimiento nacional" fantasioso, que tentó sucesivamente a militares como el entonces almirante Emilio Massera, ciertos seguidores de Raúl Alfonsín y, a su manera, Carlos Menem.
Todos aquellos entendían que el peronismo se había dispersado hasta tal punto que sólo representaba "un sentimiento" difuso, uno que, por motivos misteriosos, todavía cautivaba a millones de pobres que, pensándolo bien, constituían las víctimas más patéticas del movimiento que apoyaban con sus votos.
Fue por eso que luego del desastre inverosímil que protagonizaron los compañeros en la década de los setenta, una serie de hombres ambiciosos aspiró a formar un movimiento con la misma mística pero con ideas menos vagas y principios menos flexibles.
Todos fracasaron, acaso porque los peronistas saben que identificarse con un programa político determinado les sería suicida.
Desde su punto de vista, la ambigüedad es una ventaja porque les permite sumar mientras que las definiciones restarían.
Resulta maravillosamente fácil ser peronista.
No es necesario creer en las bondades de ninguna ideología específica o conjunto de doctrinas.
Basta con estar dispuesto a corear "¡Mi general, qué grande sos!" cuando la ocasión lo exige porque lo demás carece de importancia.
Uno puede ser derechista o izquierdista, autoritario o libertario, ortodoxo o heterodoxo en economía, un reaccionario rabioso o un biempensante progresista sin salir del redil o, como decía Juan Domingo Perón, sacar los pies del plato.
Como una asociación de ayuda mutua que, la ley de lemas tácita mediante, logra aferrarse al poder, el PJ sigue funcionando con eficacia notable, pero como un vehículo político no es nada confiable.
Por cierto, dista de ser un partido "normal".
El PJ será leal a Kirchner mientras le convenga.
Si los gobernadores, intendentes y legisladores sienten que la mayoría está harta de su beligerancia indiscriminada, lo abandonarán a su suerte sin derramar una sola lágrima, tal y como se lo hicieron a Menem y Eduardo Duhalde.
Al fin y al cabo, todos saben muy bien que no los respeta, que preferiría ser el jefe de una organización partidaria muy distinta del PJ, pero toleran su cinismo porque, a pesar de que sus acciones hayan bajado últimamente, todavía cuenta con la aprobación de una proporción significante de los consultados por los sondeadores de opinión.
Con todo, algunos dirigentes influyentes, entre ellos Carlos Reutemann y Juan Schiaretti, ya se han alejado de Kirchner y muchos otros seguirían sus pasos si su imagen se deslustrara tanto como la de la presidenta Cristina.
En un esfuerzo por reanimar a la tropa peronista, Kirchner trata de convencerla de que lo que estamos viendo es un remake de un drama de hace sesenta años cuando el peronismo aún embrionario se enfrentaba con la Unión Democrática, una alianza variopinta de radicales, conservadores, socialistas y comunistas.
La coalición coyuntural así supuesta estaba conformada por aliadófilos que disfrutaban del apoyo decidido, y sumamente torpe, de la embajada estadounidense.
Para los peronistas, la Unión Democrática encarnó el mal y de haber ganado hubiera empujado a la Argentina al medioevo pero, a juzgar por lo que sobrevino después, la realidad es que la victoria electoral de Perón en 1946 condenó al país a más de medio siglo de convulsiones insensatas con consecuencias nefastas para la gente que los peronistas querían privilegiar.
Puesto que hoy en día las presuntas verdades peronistas están compartidas por casi todos, a los líderes del campo no les gusta que Kirchner, la presidenta Cristina y otros voceros oficiales los comparen con personajes casi olvidados, y debidamente desprestigiados, como José Tamborini y Enrique Mosca, la dupla de la Unión Democrática que fue derrotada por el general.
Como tantos otros, se resisten a entender que la prolongada hegemonía peronista que se hizo sentir, incluso cuando gobernaban regímenes militares antiperonistas, está en la raíz del empobrecimiento de un país de perspectivas al parecer brillantes.
En 1946 era razonable prever que la Argentina seguiría liderando al resto de América Latina por un margen muy amplio, gozando de un ingreso per cápita varias veces superior a los del Brasil y Chile.
Sin embargo, merced en buena medida a la insistencia peronista en aferrarse a fórmulas anticuadas, en poco tiempo se las arregló para protagonizar lo que para muchos sería el fracaso colectivo menos explicable de la segunda mitad del siglo XX.
Para empezar, el triunfo de Perón le aseguró a la Argentina la hostilidad de Estados Unidos, que nunca perdonó al general su proximidad al eje nazifascista.
Aunque andando el tiempo Perón se daría cuenta de que el populismo despilfarrador y aislacionista, o sea, el "modelo" que piloteaba, estaba arruinando el país, sus intentos tardíos de reconciliarse con el orden encabezado por Washington fueron demasiado débiles como para frenar la decadencia nacional que, entre muchas otras cosas, acarreaba la depauperación progresiva de la clase obrera y de la franja más vulnerable de la clase media.
En 1946, el nivel de vida del grueso de los trabajadores argentinos se asemejaba al norteamericano.
Hoy en día, los ingresos de muchos son equiparables con los de sus homólogos en el norte de África.
Desgraciadamente para la Argentina, el caudillo más carismático de su historia llegó al poder como un opositor férreo de las tendencias que, en América del Norte, Europa occidental y el Japón posibilitaron las décadas de crecimiento económico y progreso social que los franceses llamaron "los treinta años gloriosos".
De haber optado por acompañar a los países occidentales, algunos de los cuales eran mucho más pobres que ella en 1946, en la actualidad la Argentina tendría más en común con Australia y Canadá que con Bolivia, aun cuando un hipotético gobierno surgido de la Unión Democrática hubiera resultado tan ineficaz como otros dominados por la UCR.
JAMES NEILSON
5 de junio de 2008
Here we go again in this manic-depressive country?
Argentina is a famously manic-depressive country much given to wild swings between euphoria and gloom.
Eight years ago, the national mood was positively suicidal.
Large numbers of people thought that the only solution to their collective woes was to have the country go into receivership and let a gaggle of foreign bankers try to sort out the economic disaster.
But then everything changed.
Thanks largely to steep increases in commodity prices and a fall in the value of the US dollar, something like prosperity returned.
For the umpteenth time, pundits toyed with the idea that the future looked bright.
The main beneficiary of this was Néstor Kirchner.
As the notion that Argentina’s Lazarus-like comeback was due to his stewardship was widely shared, almost half the electorate proved happy enough to let him appoint his wife president.
Few objected to such a blatant show of nepotism or to the lack of anything resembling a party primary.
Why should they if everything was going splendidly?
It was all too good to last.
Not for the first time, pessimism has replaced optimism with quite remarkable speed.
Though the government has more than enough cash to prevent the kind of financial meltdown we have grown accustomed to, worried savers are pulling their money out of banks, changing pesos into dollars, and then stowing them under the mattress.
They do this because they don’t want to be caught napping as they were in late 2001 and early 2002 when their nest eggs were sequestered and then in effect appropriated, throwing millions into poverty.
Until quite recently, the feeling that Argentina may be heading for another crack-up was confined to places like Wall Street.
The dire assessments that emerged from foreign money-men, most of them “neoliberals” in thrall to what all true Argentines knew was a hare-brained theory, were pooh-poohed here even by economists who took it for granted that the “model” Kirchner was in charge of would one day come a cropper.
But since the farm strike got under way scepticism has spread among the general public.
Inflation, sporadic shortages, falling sales and the fear that there is much worse to come have undermined confidence to such an extent that Argentina could well think itself into an economic crisis similar to the one that erupted when another Peronist lady, Isabelita Perón, was queening it in the Pink House back in the 1970s.
According to Roberto Cachanosky in La Nación, the government has created such a mess that sooner or later someone will have to play the role of Celestino Rodrigo, one of Isabelita’s economy ministers, whose efforts to restore a semblance of sanity backfired and put an end to the Argentine middle-class dream.
When the economy seems to be doing nicely, running the country is a relatively simple matter.
People are loath to criticize the President because, they suspect, they might break the magical spell.
It is during these pleasant periods that governments make their worst blunders.
Convinced that the gods are on their side, they refuse even to consider the possibility that circumstances might change and that it would therefore be in their interest to take fewer risks.
Instead, they cling to whatever appeared to work well when times were good.
Like certain generals who in their minds keep refighting old wars, they are indignant when told that the next crisis will in all probability be completely different from the previous one.
Last year Néstor Kirchner presumably assumed that the economy would continue to grow at a decent rate for a long time to come, so all Cristina would have to do was stick to the route he had already mapped out for her.
If that was what he thought he was sorely mistaken.
Unluckily for his wife, she took over just when Argentina was about to experience a sea change.
Confidence in the government gave way to distrust.
And to make matters worse, her hectoring, know-all manner prevented her from dealing adequately with the many problems that, to her evident bewilderment, soon began to beset her.
Nor surprisingly her popularity ratings plummeted: barely half a year into her four-year term, they are now in the low twenties and people close to government are wondering aloud if she will manage to stay in office until 2011.
It need hardly be said that the suspicion that another big political crisis could be fast approaching has done nothing to encourage faith in the country’s economic prospects.
Argentine history is a tale of booms and busts.
As the cycle seems to require about ten years to go full circle, many feel that unless the government alters course very soon the economy will crash.
Though the long farm strike, plus the evidence that the farmers enjoy more public support than do Mr and Mrs Kirchner, has helped change the mood, much the same would have happened even if they had tamely allowed themselves to be clobbered by the taxman.
A rapidly dwindling trade surplus, the lack of investment, the increasing difficulties the government faces in finding the means to finance the enormously expensive subsidies it hands out in order to keep energy prices low for most consumers should by themselves have been enough to tell the government it would be well advised to make a U-turn, but being the people they are, Cristina and her husband have chosen to turn a blind eye to the flashing lights warning them that the end of the road lies ahead and that beyond it there is not much more than a treacherous swamp.
25 de enero de 2008
Lo mejor del 2008 so far
Tiempos de incertidumbre
Pronosticar el pasado es fácil, pero el futuro, sobre todo en el terreno económico, no se presta a vaticinios seguros. Es por eso que un día los mercados financieros, abrumados de pesimismo, se desploman, borrando de golpe valores de vaya a saber cuántos miles de millones de dólares, y el siguiente pegan un salto que les permite recuperar lo perdido. Si los economistas fueran científicos, nada de eso ocurriría, ya que se sabrían cuáles acciones deberían subir y cuáles caerían, pero sucede que la característica principal del capitalismo liberal, la que lo hace más dinámico que las alternativas que se han ensayado, es precisamente la incertidumbre. Por lo demás, hasta la información más fehaciente puede interpretarse de manera diversa, razón por la que con frecuencia los mercados reaccionan ante una noticia presuntamente esperanzadora desmoronándose.
Puesto que a pocos les agrada la incertidumbre, siempre han resultado atractivas las recetas de quienes se afirman decididos a abolirla. Durante buena parte del siglo XX, muchísimas personas, incluyendo a la mayoría de los intelectuales, confiaban en que servirían para tal fin los planes quincenales redactados por comunistas o socialistas en que se preveían con exactitud meticulosa cuántos pares de medias, cuadernos, coches, tractores, plantas energéticas y así interminablemente por el estilo serían producidos cada mes en los cinco años siguientes, de suerte que todos sabrían lo que les aguardaba. Pero el sueño de una economía previsible no tardó en degenerar en una pesadilla. En vez de crear un mundo mejor, los planificadores se las arreglaron para dar luz a un monstruo cuyos intentos rabiosos de ocultar sus deficiencias causarían la muerte o la esclavización de decenas de millones de personas.
5 de enero de 2008
4 de enero de 2008
El salvaje y sorprendente mundo de los animales

SEGUN LO VEO: Perdidos en la selva
Si los mandatarios o ex mandatarios del resto de América Latina quisieran ser solidarios con las víctimas de las FARC, colaborarían con Uribe enviándole ayuda económica y militar para que pudiera derrotarlas cuanto antes. Pero dicha alternativa no los atrae.
En el mundo hay decenas de miles de personas que, sin haber cometido crimen alguno, viven en cautiverio en condiciones denigrantes, pero a pocas, muy pocas, les tocará adquirir una importancia simbólica tan grande que media docena de gobiernos se sentirán obligados a movilizarse en un intento de liberarlas. Merced en buena medida a que tiene un pasaporte francés además del colombiano, Ingrid Betancourt forma parte de esta elite trágica. La difusión de fotos, como estampas medievales, en que la ex candidata presidencial se parece a una sobreviviente de un campo de concentración nazi, ha hecho de su secuestro una causa célebre en Francia. También conmovió a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
La reacción mundial ante la situación en la que se encuentra la cautiva más famosa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ayudó a hacer de la liberación de otro presunto rehén, el niño Emmanuel, el objetivo de una operación internacional de carácter cinematográfico en que participaron los presidentes no sólo de Venezuela, Colombia y, si bien indirectamente, Francia sino también el ex presidente de la Argentina, Néstor Kirchner, el canciller Jorge Taiana, funcionarios de Brasil, Cuba, Francia y Suiza y otros notables.
Tanta preocupación por el destino de tres personas, Emmanuel, su madre Clara Rojas y otra mujer, Consuelo González, que se suponía serían liberados gracias a los esfuerzos de Chávez y Kirchner, ha motivado muchos elogios. Es comprensible: ¿quiénes pueden estar en contra de que hombres tan destacados como ellos y sus acompañantes pasen días en la selva colombiana en un intento de rescatar a un niño de las garras de una banda de narcotraficantes notorios por su salvajismo que se afirman marxistas? Tal actitud se justificaría si se creyera que a raíz del operativo las FARC podrían decidir liberar a todos sus cautivos, pero sucede que siempre fue más probable que, como resultado, optaran por capturar a muchos más. Por cierto, el espectáculo organizado por Chávez no sirvió para convencerlas de que no les convenía mantener cautivas a personas inocentes. Por el contrario, desde su punto de vista, el revuelo internacional que se produjo mostró que era una forma muy eficaz de incidir en la política de toda América Latina.
Aunque es bueno saber que Kirchner y otros dirigentes políticos son tan humanitarios como el que más, el episodio que acaba de protagonizar el ex presidente plantea algunas preguntas engorrosas. Puesto que en la Argentina los secuestros son frecuentes, ¿por qué no interviene Kirchner para que los secuestradores puedan liberar a sus víctimas en una "zona humanitariamente segura" con las mismas garantías de las que hubieran disfrutado las FARC en Colombia? ¿Es que para él la vida de algunas personas, entre ellas el niño Emmanuel, valen más que la de quienes caen en manos de delincuentes en su propio país? ¿O es que lo que realmente importa en estas ocasiones es la publicidad, la oportunidad para desempeñar un papel humanitario estelar bajo la mirada atenta de la prensa internacional y frente a las cámaras de un cineasta renombrado como el norteamericano Oliver Stone? Que los amigos y familiares de un secuestrado hicieran virtualmente cualquier cosa a fin de liberarlo sería lógico, pero para Chávez, Kirchner y los demás los tres rehenes colombianos son tan desconocidos como les son casi todas las víctimas de las pandillas de secuestradores que pululan en el conurbano bonaerense.
También puede cuestionarse la influencia del acto más reciente del prolongado drama colombiano en las imágenes respectivas de las FARC y del presidente Álvaro Uribe. El que muchos hayan criticado la extrema crueldad de sus métodos no habrá molestado demasiado al capo de las FARC Tirofijo y sus compañeros. Como todos los revolucionarios, están habituados a atribuir su propia brutalidad a la supuesta inhumanidad del "sistema" contra el cual están luchando. Es un planteo que incluso quienes desaprueban sus métodos propenden a tomar en serio, razón por la que no sorprende que muchos, acaso conscientes de lo inútil que sería lamentar el desprecio por los derechos humanos que es típico de todos los terroristas, hayan dado a entender que en su opinión el obstáculo principal a una solución permanente del conflicto colombiano consiste en la terquedad del presidente Uribe, que confía más en las soluciones militares que en las negociaciones.
Como tantos otros políticos y comentaristas en el mundo actual, quienes piensan así dan por descontado que en última instancia todos somos seres razonables y por lo tanto la violencia política desaparecería si los dirigentes democráticos tuvieran el coraje de hacer algunas concesiones a los jefes de las FARC, Hamas, Hizbollah, los talibanes y otras bandas similares. De más está decir que se trata de una ilusión que debilita a los comprometidos con los valores democráticos y fortalece a sus enemigos.
A todos los políticos, pero en especial a los populistas, les es irresistible intentar aprovechar en beneficio propio los casos puntuales. Saben que no podrán eliminar la pobreza, pero si por algún motivo recóndito las penurias de una familia particular conmocionan a sus compatriotas, intervendrán con el propósito de llamar la atención a sus propios sentimientos solidarios, de este modo brindando la impresión de estar luchando con tenacidad ejemplar contra una lacra social que otros prefieren pasar por alto. Si la maniobra arroja los resultados esperados, les será más fácil ahorrarse el trabajo de hacer un esfuerzo genuino por atenuar un problema que afecta a millones.
Luchar contra el flagelo del narcoterrorismo colombiano ha resultado ser tan difícil como luchar contra la pobreza. Si los mandatarios o ex mandatarios del resto de América Latina quisieran ser solidarios con las víctimas de las FARC, colaborarían con Uribe enviándole ayuda económica y militar para que pudiera derrotarlas cuanto antes. Pero dicha alternativa no los atrae. Como Kirchner, muchos prefieren adoptar una postura neutral -dirán que lo hacen porque de otro modo les sería imposible oficiar de garantes- como si a su juicio no hubiera mucha diferencia entre una banda de delincuentes feroces por un lado y, por el otro, un gobierno democrático que goza del apoyo de la mayoría abrumadora de los colombianos, mientras que algunos, entre ellos el "revolucionario" Chávez, simpatizan mucho más con los terroristas que con quienes están tratando de poner fin a sus actividades sanguinarias para que todos los habitantes de su país puedan vivir en paz y libertad.
JAMES NEILSON
7 de diciembre de 2007
Neilson en RíoNegro.com.ar
El aún presidente Néstor Kirchner jura que a partir del lunes próximo su esposa tomará todas las decisiones importantes. Pocos le creen. La mayoría da por descontado que el papel de Cristina será en buena medida protocolar, similar en cierto modo al desempeñado por los monarcas constitucionales o por los presidentes de repúblicas de tradiciones parlamentarias fuertes, aunque aquí el que gobernará no será el Congreso sino el "primer caballero". Es un arreglo que merecerá la aprobación del grueso de quienes votaron por Cristina en las elecciones de octubre pero que, con toda seguridad, molestará a los demás. La Argentina es un país presidencialista, para no decir hiperpresidencialista, de suerte que no le será fácil aceptar que el poder sea compartido aunque quienes lo compartan sean los integrantes de un solo matrimonio presidencial.
Síntomas de malestar ya se han hecho visibles. Si bien se presume que Cristina terminará consiguiendo la ley de emergencia económica, que le permitirá gobernar sin tener que preocuparse por los engorrosos trámites legislativos, el que no haya podido obtenerla antes de comenzar su gestión le asestó un golpe que sin duda le desagradó. Asimismo, el que le fuera propinado por el Senado habrá servido para recordarle que muchos dirigentes del interior están hartos de un sistema que al enriquecer la Nación en desmedro de sus propios distritos sirve para afianzar el predominio insolente del Poder Ejecutivo nacional sobre las provincias al brindar al presidente una cantidad enorme de dinero que usa para premiar a los gobernadores amigos y castigar a quienes se animan a criticarlo. Cristina no tardará en encontrarse en dificultades si se difunde la sensación de que es más débil que su esposo y padrino o que, a juicio incluso de muchos simpatizantes, ha llegado la hora de frenar el crecimiento del poder de la pareja gobernante.
Desde que Kirchner anunció que Cristina sería la candidata presidencial oficialista, los interesados en las vicisitudes nacionales están procurando detectar diferencias entre sus respectivas visiones políticas. Hasta ahora, no han encontrado muchas. A pesar de haber iniciado su campaña electoralista con el eslogan "el cambio recién empieza", en las semanas últimas Cristina ha insistido en hacer hincapié en la continuidad, reivindicando una y otra vez no sólo la estrategia económica vigente sino también el manejo escandaloso de las estadísticas relacionadas con la inflación. El gabinete que la acompañará en la primera fase de su gestión se asemeja mucho al de su marido en la fase final de la suya. Si hay algunos cambios significantes, éstos se verificarán en la política exterior, ya que en este ámbito por lo menos los gustos de Cristina son más cosmopolitas, por decirlo de algún modo, que los de Néstor.
Que Cristina se haya esforzado por minimizar sus eventuales diferencias con su marido mientras que éste ha procurado hacer pensar que su propia influencia será imperceptible puede comprenderse. Cristina reconoce que casi todo el capital político de que dispone fue acumulado por Néstor, que por su parte sabe que no le convendría a ninguno de los dos que la gente tomara a Cristina por un títere. Como el político avezado que es, Néstor Kirchner quiere que la mayoría suponga que el lunes el país habrá entrado en una nueva etapa, pero desgraciadamente para ambos cónyuges la sensación predominante es que se trata del inicio de la segunda mitad de una sola gestión. Esto quiere decir que por un tiempo Cristina disfrutará de la ventaja que le ha supuesto la popularidad de su marido, pero también tendrá que pagar los costos políticos de los errores que se han cometido desde mayo del 2003.
Kirchner gobernó como un jugador empedernido. Siempre privilegió el corto plazo, apostando a que todo saliera bien. Tuvo suerte. Felizmente para él, sus cuatro años y medio en el poder coincidieron con un prolongado boom internacional hecho a la medida de la Argentina, que se vio beneficiada por los precios muy elevados que se pagaron por sus productos agrícolas y por la caída generalizada de las tasas de interés. De no haber sido por el "viento de cola" así supuesto, la recuperación luego del cataclismo del 2001 y el 2002 hubiera sido muchísimo más ardua.
¿Continuará soplando aquel viento tan favorable hasta el 2011? Parecería que no. Ya se advierte que podrían caer en recesión Estados Unidos, jaqueado por el embrollo financiero que agita el mercado inmobiliario, y después la Unión Europea, que corre peligro de ser asfixiada por la apreciación del euro. También se habla de nuevas convulsiones en el Medio Oriente que harían subir todavía más el precio del petróleo. De estar en lo cierto los pesimistas, pues, la coyuntura internacional que enfrentará Cristina en los años próximos distará de ser tan benigna como la que tanto ayudó a su marido.
Por lo demás, a Cristina le corresponderá afrontar las consecuencias del cortoplacismo que ha sido la característica más notable de la gestión de Néstor Kirchner. Puede argüirse que dadas las circunstancias su marido no tuvo más alternativa que improvisar, reaccionando ante los problemas que fueron surgiendo sin pensar demasiado en eventualidades aún hipotéticas, pero el mediano plazo ya ha llegado y se acerca el largo. ¿Está preparada la Argentina para una época mucho menos bondadosa que la actual? No hay motivos para creerlo.
Aun cuando resulten exagerados los vaticinios lúgubres de quienes dicen que los buenos tiempos están por terminar, continuarán oscureciéndose las nubes que están expandiéndose sobre el panorama local. Es de prever que la inflación siga su marcha ascendente, que la crisis energética se agrave y que la puja salarial se haga más intensa. Asimismo, al reducirse cada vez más la "competitividad" del peso debido al aumento de la inflación, protestarán con vehemencia creciente los dueños de las muchas empresas que deben su supervivencia a una tasa de cambio especial que las ha protegido contra las temidas "invasiones" chinas y brasileñas. Ya parece escasa la posibilidad de que Cristina logre confeccionar algo que sea digno de llamarse un pacto social, el esquema corporativista que según ella sería la piedra fundamental de su gestión. Aunque su marido ha intentado despejarle el camino ordenando una serie de ajustes antes de que asuma, no resultarán suficientes. Mal que le pese, le será necesario complementarlos con muchos más sin poder quejarse por la herencia recibida.
JAMES NEILSON
13 de julio de 2007
Para empezar el viernes (TGIF)
James Neilson, Mentime que me gusta
Jorge Oviedo, Pilas, fósforos y sol de noche
Después haré racconto de la presentación del libro del rabino Bergman. Interesante y da para largo.
6 de julio de 2007
Esturión
La semana pasada fue un Lenguado. Esta semana le tocó al Esturión (del que se saca el exquisito Beluga). ¿Acaso será que el Profumo di Donna huele a pescado podrido? Ni Gassman ni Pacino se habrían dejado engañar.
Por motivos que siguen siendo misteriosos, a Néstor Kirchner se le ocurrió que la Argentina merece ser gobernada por su amada esposa.Para no perder la costumbre, mañana de nuevo asado en el campo.
Los malintencionados dicen que es una mujer frívola, una multimillonaria con pretensiones intelectuales que gasta sumas impresionantes en los emporios más lujosos del Primer Mundo, que es, en fin, una izquierdista caviar típica.
Si no fuera por la relación insólitamente íntima que la une a quien sería su antecesor, podría quejarse con amargura por heredar, entre otras cosas, una crisis energética espantosa, una tasa de inflación en aumento que el INDEC deshecho no puede ocultar y una cantidad alarmante de escándalos de corrupción a punto de estallar, pero mal que le pese, no le será dado insistir en que no tuvo nada que ver con la gestión anterior. (Ver también Sucesión y Un solo sobre.)
¿Se impondría Cristina la ideóloga progre o la pragmática que es amiga de Hillary Clinton y otros líderes del Partido Demócrata estadounidense, personas que en su propio país son consideradas izquierdistas pero que aquí se verían ubicadas a la derecha de Ricardo López Murphy y Mauricio Macri?
Si, como parece probable, la presidenta Cristina de Kirchner se encontrara en apuros debido a la necesidad de renovar, o cambiar, un modelo socioeconómico agotado, la oposición más peligrosa que tendría que enfrentar no procedería de ARI, PRO o la UCR no kirchnerista, sino de aquellos sectores del PJ que la quieren todavía menos que a su marido, lo que es mucho decir.
TGIF (2)
James Neilson pone los diéresis sobre las úes.
Nadie consultó al Partido Justicialista o, que se sepa, la entelequia que se llama el Frente para la Victoria, si le parecía bien que Cristina de Kirchner fuera la candidata presidencial del oficialismo.
Puede entenderse, pues, la perplejidad que ha motivado en el exterior un procedimiento que acaso sea apropiado para un exótico reino oriental pero que es inédito en un país de Occidente.
Pocos creen saber lo que (Cristina Fernández de Kirchner) piensa acerca de los grandes problemas del país, de ahí la especulación acerca de lo que podría hacer una vez en el poder.
Felizmente para Cristina, la oposición está tan fragmentada y sus rivales parecen ser tan débiles que tal vez no le resultará preciso emprender una campaña proselitista vigorosa del tipo que en otras latitudes suelen darse antes de celebrarse elecciones presidenciales.
¿Se animará a participar en debates públicos con tales personas? Es poco probable, ya que los beneficios que le reportaría una actuación exitosa serían magros pero los costos de una desafortunada podrían serle fatales.
En el transcurso de sus más de cuatro años en el poder, Néstor Kirchner se las ha arreglado para crearse una cantidad descomunal de enemigos que están aguardando con impaciencia una oportunidad para contraatacar.
De resultar tan tremendas como muchos prevén las próximas embestidas de la crisis energética, la campaña electoral podría culminar en medio de apagones, cortes de gas, cacerolazos, protestas ruidosas de automovilistas en reclamo de combustible, el desempleo en aumento y paros salvajes que por cierto no contribuirían a dar más lustre a la imagen de la pareja gobernante.
En un país menos permisivo en este ámbito que la Argentina, el hallazgo de una cantidad abultada de dinero en monedas extranjeras en el baño de una ministra de Economía hubiera hecho tambalear al gobierno mismo, pero Kirchner parece creerlo un episodio de importancia tan escasa que ni siquiera exigió la renuncia inmediata de la persona involucrada, Felisa Miceli, cometiendo así un error que podría hacer naufragar el "proyecto" de alternar con Cristina en la Casa Rosada hasta que la biología diga basta.
Hasta que la biología diga basta.
29 de junio de 2007
Lenguado
Imagen que ilustra el artículo de James Neilson en Noticias de esta semana titulado: ¿Puede perder?Aunque a veces la "hegemonía" de un caudillo determinado puede durar varios años, luego de cuatro o cinco suele empezar a manifestar síntomas de debilidad que preanuncian el fin.Mañana me voy a comer un asado al campo. Parece que va a haber sol, pero con un tornillo de aquellos.
Mal que le pese a Kirchner, la Argentina de la segunda mitad del año no es la de la primera en que podía divertirse hablando de la eventual candidatura de su pingüina aun cuando supiera que con toda probabilidad recibiría muchos votos menos que él mismo.
En el fondo, el discurso kirchnerista, a la vez repetitivo y oportunista, es propio de un opositor marginado, no del Presidente de la República, motivo por el que a esta altura produce más aburrimiento que entusiasmo.
Ha resultado ser un táctico astuto, pero a juzgar por su conducta, de estratega no tiene nada.
El arma más contundente de Kirchner es, desde luego, la economía, pero las huestes del General Invierno están avanzando.
De difundirse la sensación de que está por agotarse el "modelo productivo" apadrinado por un gobierno que privilegia el consumo hasta tal punto que está dispuesto a anteponerlo a la producción, el aliado principal del Gobierno se metamorfosearía en un enemigo temible porque no hay duda de que la crisis energética que se nos viene encima es en buena medida consecuencia de las actitudes belicosas asumidas por el Presidente mismo.
2 de junio de 2007
Brit-Op

De Tom Wise:
–¿Cómo ve al sector empresario?
–Muy callado. No dicen lo que piensan, no le ponen la proa al Gobierno tal como debiera ser. Mire por ejemplo a este señor Moreno, un patotero profesional al que nadie se le enfrenta. Claro que alguno se animó a decirle algo y Moreno le respondió: "Cuidado con tu familia". ¡¡¡Guauuuu!!!, ésa es muy brava.
–Sí, pero es verdad que se nota una actitud pasiva a nivel empresario.
–Los empresarios son una vergüenza porque están haciendo grandes negocios. Se juntan con el Presidente y no le dicen la verdad. Están haciendo negocios con la construcción, con la obra pública y tanto más.
–Entonces, les conviene bancarse que los rete como a chicos antes que hablar.
–Claro, en vez de ser maduro y marcarle las cosas al Presidente, se callan. Parecen cortesanos. Si hablan tienen miedo de perder el favor y si pierden el favor, pierden los negocios. Así, le hacen un gran daño a la Nación porque lo más importante es la crítica ya que te permite conocer tus debilidades y defectos y corregirlos.
–¿Y la actitud de la gente?
–La gente está anestesiada, mientras tenga su plasma y pueda vacacionar en la costa, no quiere que nadie le diga malas noticias. Quiere seguir viviendo en esta fantasía. Igual, miremos lo de Santa Cruz, fue sorpresivo. Es decir que la gente de un día para el otro se da vuelta, y creo que lo de Santa Cruz es el comienzo.
De James Neilson:
He aquí un motivo por el que tantos constitucionalistas latinoamericanos han insistido en la necesidad de impedir que los gobiernos se eternicen, y por el que los gobernantes mismos protestan con pasión contra los límites impuestos. Cuanto más tiempo disfrute un grupo determinado de personas del poder, más sistemática resultará ser la corrupción. Por cierto, escasean en la región los ejemplos de gobiernos que, luego de cuatro años o más en el poder, no se hayan visto frente a una avalancha de denuncias por diversas formas de enriquecimiento ilícito. Demás está decir que el peligro de que los funcionarios caigan en la tentación de anteponer sus intereses particulares o corporativos al bien común es mayor cuando un gobierno está dominado por quienes aprendieron sus artes gobernando una provincia donde las reglas eran más flexibles, como en el caso de Santa Cruz, y los políticos y funcionarios se conocen muy bien. Por una cuestión de lealtad personal, en la Argentina los lazos de complicidad así consolidados siempre han estimulado la corrupción, de ahí la necesidad de renovar una clase política en que demasiados se han acostumbrado a los arreglos neofeudales.
12 de mayo de 2007
La piedrita en el mocasín
El punto de inflexión
De tratarse de otro dirigente, tanta indignación podría comprenderse, pero sucede que Kirchner siempre ha dado a entender que aprueba los escraches aunque sólo fuera porque hasta ahora la mayoría de los blancos de esta modalidad poco democrática figuraba en su lista negra de enemigos.
Kirchner tiene motivos de sobra para sentirse sumamente preocupado por lo que está ocurriendo en Santa Cruz. No sólo es su provincia natal, también es un feudo que ha dominado durante lustros y que imaginaba le sería leal por los siglos de los siglos. Por lo demás, se trata de un lugar cuyos habitantes lo conocen bastante bien.
Huelga decir que la sensación de que la economía real se ha apartado de la oficial ya afecta a millones de personas que, además de saber por experiencia propia que los precios están subiendo mucho más de lo que dice el INDEC, dan por descontado que un gobierno mendaz está tratándolas como si las creyera imbéciles.
Puesto que Kirchner no se siente constreñido a preocuparse por la oposición, no se preocupa por su propia conducta o por aquella de sus colaboradores, razón por la que su decisión de gobernar la Argentina como si fuera Santa Cruz amenaza con tener secuelas bien santacruceñas.
4 de mayo de 2007
Magnicidio (5 y última)
por James Neilson
Parecería que antes no se les ocurrió que de haber sido José Mansilla un magnicida profesional, no hubiera errado el blanco por aproximadamente 2.500 kilómetros.
¿Por qué insistió tanto el gobierno en que el propósito del camionero improvisado fue atentar contra la vida del presidente de la República? La respuesta más probable es que lo hizo por suponer que les sería provechoso que la gente creyera que los adversarios del gobierno son tan malignos que van a cualquier extremo para frenar "el cambio" que dicen estar impulsando.
Toda vez que Kirchner habla de pingüinos, subraya la distancia que supuestamente lo separa de sus congéneres y que, insinúa, lo hace muy diferente de ellos. La única parte del país en que este truco propagandístico no funciona es, claro está, Santa Cruz.
Así las cosas, la noción de que los disgustados por "el cambio" y por su "búsqueda de la justicia" hayan procurado asesinarlo le vino de perlas. Si fuera verdad, su gestión adquiriría un toque de heroísmo adicional que, imagina, lo alejaría todavía más de los políticos del montón.
También son riesgosos los esporádicos pedidos que el presidente dirige a sus partidarios para que lo ayuden a derrotar a los contrarios al "cambio". Por lo menos algunos militantes podrían tomar al pie de la letra sus exhortaciones y, persuadidos de que la lucha está entrando en una fase más activa, optar por llevar la batalla al campo enemigo.
En tal caso, el cariño evidente que sienten el presidente y ciertos colaboradores suyos por los años setenta resultaría ser mucho más siniestro de lo que quisiera suponer la mayoría abrumadora de los habitantes del país.
27 de abril de 2007
Confesiones para prepararse a pasar el invierno
por James Neilson
Allá en los años '50 del siglo pasado, el economista norteamericano Simon Kuznets dijo que en el mundo hay cuatro tipos de países: los ricos, los pobres, el Japón y la Argentina, lo que podría tomarse por una forma de señalar que a su entender sería inútil tratar de juzgar el desempeño de estos últimos conforme a pautas que acaso fueran apropiadas para todos los demás.A pasar el invierno, nomás.
Mientras que el Japón contaba con los japoneses que andando el tiempo resultarían ser más que capaces de superar la desventaja supuesta por su lejanía de los grandes centros industriales, una cultura no occidental de características corporativas y la falta de recursos materiales, se suponía que la Argentina estaba tan favorecida por la naturaleza que podía darse el lujo de mofarse de las reglas severas consideradas aptas para países menos privilegiados.
Aunque después de más de medio siglo de frustraciones es legítimo sospechar que para los argentinos de carne y hueso hubiera sido mucho mejor que sus dirigentes no se hubieran comprometido con la noción que, por tratarse de un caso único, la Argentina no tuviera por qué prestarle atención a la experiencia ajena, el gobierno del presidente Néstor Kirchner la ha abrazado con fervor.
Toda vez que un economista extranjero opina que a pesar del crecimiento espectacular reciente mucho tendrá que cambiar para que el país consiga ubicarse nuevamente entre los considerados exitosos, sale un vocero oficial para decirle que fue precisamente por haber intentado importar recetas primermundistas que la Argentina se hundió en la gran crisis del 2001 y 2002.
Como autómatas, rechazan cualquier crítica a su gestión descalificándola por proceder de quienes acusan de haber "arruinado el país".
Es lo que hizo hace un par de días la ministra de Economía, Felisa Miceli, cuando el Foro Económico Mundial, que celebraba una reunión en Santiago de Chile, tuvo el mal gusto de difundir un informe según el cual a ojos de los financistas la Argentina está, con Bolivia y Venezuela, entre los países menos atractivos de América Latina para inversiones privadas en infraestructura.
"Realmente no nos interesan sus opiniones. No las necesitamos. Cuando en la Argentina tuvimos dirigentes que aplicaron sus recetas de forma contundente nos fue muy mal y eso lo tenemos grabado en nuestra memoria", espetó, para entonces asegurarles que si se embarraran los pies y vieran "cómo producen nuestros productores de cerdos" entenderían que la Argentina está progresando como un cohete.
A juicio de Miceli y, claro está, Kirchner, el resto del mundo debería reconocer que sus normas carecen de validez aquí y que por lo tanto le corresponde mantener bien un silencio respetuoso frente al milagro argentino, o bien recomendar que otros países aprendan de las teorías perfeccionadas por nuestro gobierno para que ellos también puedan gozar de años de crecimiento supersónico.
Puede que los criadores de cerdos locales sean los más eficientes del planeta y que Miceli esté en lo cierto cuando jura que los agricultores criollos son mucho más competitivos que sus equivalentes en otras latitudes porque nadie los subsidia, pero esto no quiere decir que merced a la gestión del gobierno kirchnerista la economía en su conjunto disfrute de salud envidiable.
Si bien su estado actual es decididamente mejor de lo que fue hace cinco años, lo que no es mucho decir, la Argentina sigue siendo un país muy poco productivo y por lo tanto llamativamente más pobre que otros de tradiciones culturales similares a pesar de poseer recursos naturales cuantiosos.
Que éste sea el caso ya no parece preocupar a sus gobernantes.
Tanto tiempo ha transcurrido desde que los índices sociales y económicos de la Argentina pudieron paragonarse con los de Europa occidental, Australia y el Canadá, que los más se sienten orgullosos si son superiores a los del Brasil, Perú, Bolivia y Paraguay.
Para muchos, tanta humildad es positiva porque, dicen, significa que la Argentina ha dejado de dar la espalda a América Latina, mientras que tomar en serio la idea de que bien gobernado el país podría aspirar a formar parte del mundo desarrollado es tomado por evidencia de megalomanía, cuando no de traición a las esencias regionales.
Es sin duda natural que a la hora de efectuar comparaciones, el gobierno elija hacerlo aludiendo a momentos y lugares que le permiten ufanarse de sus hazañas, de ahí su costumbre de tratar el 2002 como si fuera el año cero y su preferencia por aquellas estadísticas que muestran que en el contexto latinoamericano la Argentina se desempeña como un auténtico tigre, pero a los demás les convendría que los puntos de referencia fueran menos modestos.
El desafío verdadero frente al país no consiste en superar todos los récords que se establecieron en la década de los noventa, algo que ya hicieron con comodidad casi todos los demás países del mundo, sino en encontrar el camino que en un lapso razonable lo llevaría a un destino que fuera por lo menos tan agradable como el alcanzado hace mucho por España e Italia.
Si sólo es cuestión de conformarse con una versión más rutilante del "modelo" existente, podría resultar más que adecuada la estrategia del gobierno, que se basa en la resistencia a emprender reformas que se considera necesarias para que una economía moderna logre prosperar en las décadas próximas, pero si lo que uno tiene en mente es más ambicioso, resulta poco sensato manifestarse indiferente ante lo que está sucediendo en el exterior porque terminó mal el último intento de emular a los países más ricos.
Por desgracia, el gobierno no tiene interés en procurar aprender de aquella experiencia.
Sólo quiere aprovechar el derrumbe.
Como gobernador de Santa Cruz, Kirchner apoyó la convertibilidad y se opuso a la devaluación del peso, pero en cuanto se mudó a la Casa Rosada se transformó en el crítico más feroz de todo lo vinculado con la política económica del ex presidente Carlos Menem, es de suponer que primero por oportunismo y luego por haberse convencido de que el "modelo" resultante fue muy inferior al "productivo" que le legó su padrino, Eduardo Duhalde.
¿Lo fue? Es imposible saberlo.
Con toda probabilidad, de haberse iniciado el gran boom internacional algunos años antes, la Argentina se habría ahorrado la recesión exasperante que, combinado con la debilidad del gobierno de Fernando de la Rúa, desembocaría en el desastre del default, una devaluación salvaje y la pesificación asimétrica que sirvió para transferir los depósitos bancarios de la clase media a los bolsillos de los beneficiados por la redistribución de riqueza más brutal de la historia nacional.
En cambio, de haber persistido un lustro más las condiciones internacionales que imperaban en la segunda mitad de los años noventa, la Argentina no habría podido disfrutar de la recuperación vigorosa que Kirchner se atribuye.
Los reparos formulados por quienes dicen que sería bueno que el gobierno aprovechara el buen momento actual para reformar algunas cosas no necesariamente reflejan una ideología determinada.
Tanto un "neoliberal" como un izquierdista resueltamente heterodoxo tendrá que preocuparse por la arbitrariedad y languidez de la justicia local, la corrupción, lo poco confiables que suelen ser los datos oficiales y la ineficiencia de la burocracia.
Asimismo, no se puede negar que a la luz de lo sucedido en los lustros últimos es lógico que los inversores aún no se hayan convencido de que la Argentina sea un país libre de riesgos.
Para modificar tal imagen el gobierno tendría que intentar remediar las deficiencias señaladas, pero puesto que Kirchner, Miceli y los demás entienden que les resultaría políticamente beneficioso asumir una postura nacionalista, proclamando que no les interesa lo que dicen los extranjeros, brindan la impresión de querer reivindicarlas como si las creyeran inherentes a la Argentina misma.
Ser diferente tendrá sus méritos, pero tal vez resultaría mejor que no exageraran tanto.
23 de marzo de 2007
T.G.I.F.
Con Estados Unidos, dijo Fernández por radio América, "hemos tenido una relación madura y supone respetar nuestras individualidades, nuestras decisiones individuales y no entrometerse precisamente en las decisiones que no tiene que ver con el vínculo bilateral".
Si otorgar tribuna a un presidente extranjero a insultar al presidente de otro país y a todos los ciudadanos que lo votaron no tiene que ver con el vínculo bilateral...
...excepto que permitir, tolerar, y fomentar el insulto al presidente de otro país y a todos los ciudadanos que lo votaron sea una de las individualidades que el kirchnerismo exija sea respetada.
De Vido: (En inglés porque es del Herald)
"Under no circumstance are we going to allow the president of a company, in this case a state-owned Brazilian company, to give an opinion about the sovereign politics of the Argentine state."
Petrobras "has a duty to invest without any prior conditions."
Lo que para unos (Chávez) es el respeto de la libertad de expresión, para otros (Petrobras) es una opinión intolerable que no debe ser permitida, pese a tener que ver con el vínculo bilateral...
...y el rebaño ciego, sordo, y mudo, mientras un pequeño grupo de ciudadanos intentan resistir al fascismo reinante.
Así se atraen inversiones, señores.
Venezuelan President Hugo Chavez and his Argentine counterpart Nestor Kirchner, facing the fastest price increases in Latin America, are employing a new tool to bring down their inflation rates: control the data collectors.
Nunca es conveniente confundir el deseo con la realidad.
Por suerte es viernes y se puede disfrutar de Oviedo:.
Empeñados en hacer actos de campaña, el ministro Julio De Vido y el canciller Jorge Taiana amenazaron a Petrobras con la expulsión, mientras Beatriz Nofal, que pertenece al mismo gobierno, intenta convencer a otras compañías para que se radiquen en el país.
Y de Neilson:
Si la invasión de Irak y la posguerra mejor dicho, la manera en que se las ha interpretado nos han enseñado algo, esto es que los pueblos occidentales decidieron dar la espalda a quienes en el Medio Oriente, en Africa y en Asia suplicarían su ayuda si creyeran que podrían conseguirla. Se trata de una actitud miope: mal que les pese, los peligros que quieren mantener bien alejados los han seguido a sus propios países y quienes los encarnan no se sienten del todo impresionados por la voluntad de sus anfitriones de vivir en paz.








