
SEGUN LO VEO: Perdidos en la selva
Si los mandatarios o ex mandatarios del resto de América Latina quisieran ser solidarios con las víctimas de las FARC, colaborarían con Uribe enviándole ayuda económica y militar para que pudiera derrotarlas cuanto antes. Pero dicha alternativa no los atrae.
En el mundo hay decenas de miles de personas que, sin haber cometido crimen alguno, viven en cautiverio en condiciones denigrantes, pero a pocas, muy pocas, les tocará adquirir una importancia simbólica tan grande que media docena de gobiernos se sentirán obligados a movilizarse en un intento de liberarlas. Merced en buena medida a que tiene un pasaporte francés además del colombiano, Ingrid Betancourt forma parte de esta elite trágica. La difusión de fotos, como estampas medievales, en que la ex candidata presidencial se parece a una sobreviviente de un campo de concentración nazi, ha hecho de su secuestro una causa célebre en Francia. También conmovió a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.
La reacción mundial ante la situación en la que se encuentra la cautiva más famosa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia ayudó a hacer de la liberación de otro presunto rehén, el niño Emmanuel, el objetivo de una operación internacional de carácter cinematográfico en que participaron los presidentes no sólo de Venezuela, Colombia y, si bien indirectamente, Francia sino también el ex presidente de la Argentina, Néstor Kirchner, el canciller Jorge Taiana, funcionarios de Brasil, Cuba, Francia y Suiza y otros notables.
Tanta preocupación por el destino de tres personas, Emmanuel, su madre Clara Rojas y otra mujer, Consuelo González, que se suponía serían liberados gracias a los esfuerzos de Chávez y Kirchner, ha motivado muchos elogios. Es comprensible: ¿quiénes pueden estar en contra de que hombres tan destacados como ellos y sus acompañantes pasen días en la selva colombiana en un intento de rescatar a un niño de las garras de una banda de narcotraficantes notorios por su salvajismo que se afirman marxistas? Tal actitud se justificaría si se creyera que a raíz del operativo las FARC podrían decidir liberar a todos sus cautivos, pero sucede que siempre fue más probable que, como resultado, optaran por capturar a muchos más. Por cierto, el espectáculo organizado por Chávez no sirvió para convencerlas de que no les convenía mantener cautivas a personas inocentes. Por el contrario, desde su punto de vista, el revuelo internacional que se produjo mostró que era una forma muy eficaz de incidir en la política de toda América Latina.
Aunque es bueno saber que Kirchner y otros dirigentes políticos son tan humanitarios como el que más, el episodio que acaba de protagonizar el ex presidente plantea algunas preguntas engorrosas. Puesto que en la Argentina los secuestros son frecuentes, ¿por qué no interviene Kirchner para que los secuestradores puedan liberar a sus víctimas en una "zona humanitariamente segura" con las mismas garantías de las que hubieran disfrutado las FARC en Colombia? ¿Es que para él la vida de algunas personas, entre ellas el niño Emmanuel, valen más que la de quienes caen en manos de delincuentes en su propio país? ¿O es que lo que realmente importa en estas ocasiones es la publicidad, la oportunidad para desempeñar un papel humanitario estelar bajo la mirada atenta de la prensa internacional y frente a las cámaras de un cineasta renombrado como el norteamericano Oliver Stone? Que los amigos y familiares de un secuestrado hicieran virtualmente cualquier cosa a fin de liberarlo sería lógico, pero para Chávez, Kirchner y los demás los tres rehenes colombianos son tan desconocidos como les son casi todas las víctimas de las pandillas de secuestradores que pululan en el conurbano bonaerense.
También puede cuestionarse la influencia del acto más reciente del prolongado drama colombiano en las imágenes respectivas de las FARC y del presidente Álvaro Uribe. El que muchos hayan criticado la extrema crueldad de sus métodos no habrá molestado demasiado al capo de las FARC Tirofijo y sus compañeros. Como todos los revolucionarios, están habituados a atribuir su propia brutalidad a la supuesta inhumanidad del "sistema" contra el cual están luchando. Es un planteo que incluso quienes desaprueban sus métodos propenden a tomar en serio, razón por la que no sorprende que muchos, acaso conscientes de lo inútil que sería lamentar el desprecio por los derechos humanos que es típico de todos los terroristas, hayan dado a entender que en su opinión el obstáculo principal a una solución permanente del conflicto colombiano consiste en la terquedad del presidente Uribe, que confía más en las soluciones militares que en las negociaciones.
Como tantos otros políticos y comentaristas en el mundo actual, quienes piensan así dan por descontado que en última instancia todos somos seres razonables y por lo tanto la violencia política desaparecería si los dirigentes democráticos tuvieran el coraje de hacer algunas concesiones a los jefes de las FARC, Hamas, Hizbollah, los talibanes y otras bandas similares. De más está decir que se trata de una ilusión que debilita a los comprometidos con los valores democráticos y fortalece a sus enemigos.
A todos los políticos, pero en especial a los populistas, les es irresistible intentar aprovechar en beneficio propio los casos puntuales. Saben que no podrán eliminar la pobreza, pero si por algún motivo recóndito las penurias de una familia particular conmocionan a sus compatriotas, intervendrán con el propósito de llamar la atención a sus propios sentimientos solidarios, de este modo brindando la impresión de estar luchando con tenacidad ejemplar contra una lacra social que otros prefieren pasar por alto. Si la maniobra arroja los resultados esperados, les será más fácil ahorrarse el trabajo de hacer un esfuerzo genuino por atenuar un problema que afecta a millones.
Luchar contra el flagelo del narcoterrorismo colombiano ha resultado ser tan difícil como luchar contra la pobreza. Si los mandatarios o ex mandatarios del resto de América Latina quisieran ser solidarios con las víctimas de las FARC, colaborarían con Uribe enviándole ayuda económica y militar para que pudiera derrotarlas cuanto antes. Pero dicha alternativa no los atrae. Como Kirchner, muchos prefieren adoptar una postura neutral -dirán que lo hacen porque de otro modo les sería imposible oficiar de garantes- como si a su juicio no hubiera mucha diferencia entre una banda de delincuentes feroces por un lado y, por el otro, un gobierno democrático que goza del apoyo de la mayoría abrumadora de los colombianos, mientras que algunos, entre ellos el "revolucionario" Chávez, simpatizan mucho más con los terroristas que con quienes están tratando de poner fin a sus actividades sanguinarias para que todos los habitantes de su país puedan vivir en paz y libertad.
JAMES NEILSON




.jpg)


